La indignación y el desconcierto se apoderan de los pasillos de las escuelas del Valle de México. Mientras miles de profesores hacen malabares para cubrir sus necesidades básicas y enfrentar los retos diarios en aulas deterioradas y sin recursos suficientes, una cifra resuena como un eco desgarrador: 1,000 millones de pesos. Esa es la cantidad que el actual secretario general de la Sección 36, Rigoberto Vargas Cervantes, y su comité han reportado como gasto durante su gestión. Sin embargo, esa monumental inversión parece haberse desvanecido en el aire, dejando tras de sí más preguntas que respuestas.
En el reciente pleno sindical, el reporte financiero causó más preocupación que alivio. ¿Dónde están los beneficios tangibles para los trabajadores de la educación? ¿Por qué, a pesar de esa cifra colosal, los docentes siguen sufriendo en aulas sin mantenimiento, con materiales insuficientes y sin apoyos reales para su desarrollo profesional?
Mientras la base magisterial enfrenta una economía cada vez más asfixiante, el secretario general no solo percibe su salario sindical, sino que también cobra como diputado local, una dualidad de cargos que no solo plantea cuestiones éticas, sino que representa una burla a quienes dedican su vida a la enseñanza. ¿Es justo que un líder sindical perciba dos sueldos mientras muchos docentes deben conformarse con menos de 10 horas de clase o recurrir a préstamos para sobrevivir?
La situación es indignante. La Sección 36 debería ser un ejemplo de apoyo y justicia para sus agremiados, no un símbolo de opacidad, desvío y privilegio. Cada peso que falta en las aulas es una promesa rota, una oportunidad perdida y un golpe más a la dignidad de los maestros que, con vocación y entrega, sostienen el futuro de México.
La pregunta es inevitable y urgente: ¿Por qué se gastaron 1,000 millones y por qué no se ve reflejada esa inversión en las escuelas, en las prestaciones o en el bienestar de los docentes? El magisterio merece una respuesta clara y acciones contundentes. La educación no puede permitirse el lujo de seguir perdiendo mientras unos cuantos ganan.
Es momento de exigir transparencia, rendición de cuentas y un verdadero compromiso con quienes son el corazón de la educación en este país. Los docentes ya no pueden ni deben cargar con las consecuencias de una administración que parece haber olvidado su verdadero propósito.
¡Basta ya de privilegios para unos pocos y sacrificios para la mayoría!






















